Edición Bilingüe en Actas de los Mártires: El Fundamento del Testimonio

San Lucas nos presenta a Jesús la tarde misma del día luminoso de la resurrección, dándoles, como quien dice, tras la seguridad plena de su realidad viviente y triunfadora de la muerte, la última lección de maestro, la que había de iluminar con luz definitiva las mentes de los discípulos, pues con ella se aclaraba el máximo misterio de la vida de Él: su pasión y su muerte ignominiosa: «Esto es lo que os dije mientras estaba con vosotros: que era necesario que se cumpliera todo lo escrito en la Ley de Moisés y en los Profetas y Salmos acerca de mí».

El Carácter Peculiar de la Misión Apostólica

Los Apóstoles tienen plena conciencia de este peculiar carácter de su misión, y aun antes de la máxima efusión del Espíritu Santo, de quien viene el sumo testimonio en favor de Jesús —el Espíritu es quien da testimonio, porque el Espíritu es la verdad (1 Jn 5,6)—, cuando se trata de cubrir el vacío que ha dejado en el colegio de los Doce la traición de Judas, Pedro, cabeza de todos, termina así su propuesta: «Es necesario, por tanto, que uno de los que nos acompañaron todo el tiempo en que convivió con nosotros el Señor Jesús, comenzando en el bautismo de Juan hasta el día en que nos fue quitado y llevado al cielo, se asocie a nosotros como testigo de su resurrección» (Hch 1,21-22).

Pablo, el último de ellos, que viene violentamente al apostolado, como un abortivo arrancado al seno de la sinagoga, no se exceptúa de esta ley, y el pío y fiel Ananías, que le abre los ojos cegados por la visión divina, le revela su gran misión de testigo de Jesús: «El Dios de nuestros padres te ha elegido para que conozcas su voluntad, veas al justo y escuches la voz de sus labios, porque vas a ser su testigo ante todos los hombres de lo que has visto y oído» (Hch 22, 14-15).

La Transformación del Concepto de Testimonio (Martirio)

«Fueron estos mártires hasta tal punto emuladores e imitadores de Cristo —quien teniendo la forma de Dios no tuvo por rapiña ser igual a Dios— que aun estando en tan grande gloria y sufrido el martirio no una ni dos, sino muchas veces, pues de las fieras se les volvía a la cárcel, y sus cuerpos estaban por todas partes cubiertos de quemaduras, de cardenales y llagas, ni ellos se proclamaron jamás a sí mismos mártires, ni nos consentían siquiera a nosotros que los llamáramos con ese nombre».

Aparte esta debilitación del sentido de testimonio en el término «martirio», que parece evidente por estas fechas, con larga historia ya de persecución y sangre vertida, a la aparición de la «confesión de la fe ante los tribunales», y del «confesor de la fe», debió de contribuir un texto evangélico, capital en la catequesis del martirio, comentado por todos los instructores de mártires de los primeros siglos: «A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos».

San Cipriano y la Gloria de los Confesores

«A este, ahora mártir beatísimo, y a los otros compañeros y partícipes de la misma batalla, firmes en la fe, pacientes en el dolor, vencedores en el tormento, yo deseo y juntamente os exhorto que los sigáis todos los demás. De este modo, los que juntó el vínculo de la confesión y reunió como huéspedes la cárcel, los junte también la consumación del valor y la corona celeste» (Epist.).

Poco después contrapone las «celestes coronas» de los mártires a las «glorias espirituales» de los confesores: «Estas celestes coronas de los mártires, estas espirituales glorias de los confesores, estas sumas y eximias virtudes de los hermanos que se han mantenido en pie, una sola tristeza las oscurece, a saber: que el violento enemigo, con su estrago devastador, nos arrancó y echó por tierra una parte de nuestras propias entrañas» (De lapsis, 4).

«En doble combate ha luchado ya, dos veces ha confesado la fe y dos veces se cubrió de gloria por la victoria de su confesión: cuando venció en la carrera sufriendo destierro, y cuando de nuevo, en más fuerte combate, salió triunfante de la lucha y vencedor en la batalla de la pasión. Cuantas veces quiso el enemigo provocar a los siervos de Dios, otras tantas este soldado, con toda prontitud y denuedo, salió al combate y venció».

«[…] he sabido que algunos han alcanzado ya la corona, otros están ya muy próximos a la victoria, y todos los que en glorioso escuadrón encerró la cárcel, sé que están animados de semejante ardor de virtud para salir al combate, cual es bien que lo estén en los divinos campamentos los soldados de Cristo, para que la incorruptible firmeza de vuestra fe ni halagos la engañen, ni amenazas la arredren, ni suplicios ni tormentos la venzan».

«Cierto, pues ahora vuestra palabra en la oración ha de ser más eficaz y tiene más facilidad de alcanzar lo que pide la oración hecha en medio de la persecución, rogad y suplicad con más fervor que se digne Dios consumar la confesión de todos nosotros y nos saque indemnes y gloriosos, a nosotros también junto con vosotros, de las tinieblas y lazos de este mundo, a fin de que, pues estuvimos aquí unidos por el vínculo de la caridad y de la paz contra las injurias de los herejes y las persecuciones de los gentiles, juntos también gocemos en los reinos celestes».

El Martirio de Voluntad y la Fuga

Y si al fugitivo por desiertos y montañas le mata un salteador, o le acomete una fiera, el hambre, la sed o el frío le acaba, o apresurado por esos mares en navegación precipitada la tormenta y borrasca le hunde en los abismos, Cristo está contemplando a su soldado dondequiera que luchare, y al que muere en la persecución por el honor de su nombre le dará el premio que en la resurrección prometió dar.

El fugitivo cumple, para san Cipriano, el precepto o consejo evangélico de dejar por el Señor casa, campos, padres, hermanos, esposa e hijos (Lc 18,29-30) y el hecho de citar este pasaje en esta exhortación al martirio —como la cita también Orígenes en la suya— prueba que la fuga por Cristo, que suponía un total abandono antes que negar la fe, entraba entre las hazañas gloriosas de los mártires.

«[…] re, abandonadas todas las cosas y, metido en escondrijos o en desiertos, cayere en manos de bandidos o muriere consumido de fiebres o de flaqueza, ¿no se nos imputará que un soldado tan bueno, que dejó todas sus cosas y, menospreciada casa, padres e hijos, prefirió seguir a su Señor, haya muerto sin la paz y la comunión?» (Epist.).

Aquí, evidentemente, hay una ampliación del concepto de martirio —un martirio de voluntad—, como hay que admitirla igualmente en el caso del papa Lucio, sucesor de Cornelio, que, tras el destierro, muere de muerte natural en Roma, lo que no obsta para que san Cipriano le una, como mártir, a Cornelio: «Hay que mantener el honor debido a nuestros santos antecesores los mártires Cornelio y Lucio» (Epist.).

Clemente de Alejandría y el Martirio Gnóstico

Así pues, que el filósofo haga por toda su vida objeto de meditación la separación del alma y del cuerpo, le procura fervor gnóstico para poder soportar con facilidad la muerte natural, que no es otra cosa que la rotura de las cadenas que atan el alma con el cuerpo. Porque para mí, el mundo está crucificado, y yo lo estoy para el mundo; y si vivo, hallándome en la carne, mi ciudadanía está en los cielos, dice el Apóstol (Gál 6,14).

«De ahí es que, razonablemente —prosigue Clemente—, cuando el gnóstico es llamado a salir de este mundo obedece con facilidad, y a quien se lo reclama, le entrega sin vacilar este pobre cuerpo, y como quien de antemano se despojó de las pasiones de esta mísera carne, no insulta al perseguidor, sino que trata, a lo que yo pienso, de instruirle y aun de convencerle “de qué honor, de cuán larga dicha” viene, como dice Empédocles, y así en adelante se porta entre los mortales».

«Ahora bien, si confesar a Dios vale tanto como atestiguarle, toda alma que ordena con pureza su vida, juntamente con conocimiento de Dios; toda alma que obedece a los mandamientos, es mártir, es decir, testigo, por su vida y su palabra, sea cual fuere el modo como se separe de su cuerpo, pues sobre su vida entera, y no menos al término de ella, derrama como sangre su fe».

Por donde, dice el Señor en el Evangelio: «El que abandonare madre, padre, hermanos, etc., por el Evangelio y por mi nombre» (Mc 10,29), ese tal es bienaventurado, pues realiza, no el martirio ordinario, sino el gnóstico, es decir, de quien, viviendo conforme a la regla del Evangelio por amor del Señor, abandona su familia terrena, abandona sus bienes y riquezas todas para vivir sin pasión alguna (y, en efecto, el conocimiento del nombre y la inteligencia del Evangelio dan a entender tratarse de la gnosis y no de una mera denominación).

La Condena Herética del Martirio de Sangre

A este sentido se asían determinados herejes para condenar sofísticamente el martirio de sangre. Cuando Platón mismo llama a los muertos en el campo de batalla «raza de oro», que procede derechamente de los dioses y a la que compete el gobierno de los hombres, «hay herejes —prosigue el doctor cristiano— que, desoyendo al Señor, muestran tan impío como cobarde amor a su vida, afirmando que el verdadero martirio es el conocimiento del Dios de verdad [y en eso convenimos también nosotros], y que es asesino de sí mismo, un suicida, el que le confiesa por la muerte».

«Mas hay hombres miserables a quienes el testimonio que se da al Señor por la sangre es muerte violentísima, y es que ignoran que la puerta de semejante muerte es principio de la verdadera vida y no quieren entender ni la gloria que después de la muerte espera a los que hubieren vivido santamente, ni los castigos de quienes hubieren llevado una conducta de injusticia y disolución, cosa que pudieran saber no solo por nuestras Escrituras, cuyos mandamientos todos apenas si hablan de otra cosa, sino también por sus propias doctrinas» (Strom.).

La Persecución y la Apologética Cristiana

El Precepto de la Fuga y la Providencia Divina

«Cuando, además, dice el Señor: “Si os persiguen en una ciudad, huid a otra” (Mt 10,23), no nos exhorta a huir, como si la persecución fuera un mal, ni por miedo a la muerte nos ordena tratar de esquivarla por la fuga, sino que quiere que no seamos para nadie causantes o colaboradores de un mal, ni para nosotros mismos ni para el que nos persigue y quita la vida».

Por eso el diablo, sabiendo que la remisión de los pecados se obtiene gracias a la pasión de los mártires, no quiere excitar contra nosotros las persecuciones declaradas de los gentiles, pues sabe que si somos conducidos ante los reyes y gobernadores por el nombre de Cristo, para dar testimonio a judíos y gentiles, estaremos gozosos y triunfantes, porque nuestra recompensa es grande en los cielos.

Orígenes y la Exhortación al Martirio

Mas donde el maestro alejandrino expresa de modo más amplio y con palabra más conmovida su sentir sobre el martirio es en el tratado particular que le consagra, conocido por el título de Exhortación al martirio, escrito en 235, en plena persecución de Maximino, y dirigido a su gran amigo y mecenas Ambrosio, y a Protocteto, prisioneros por la fe, y camino ya de Germania, adonde, desde Cesarea de Palestina, eran conducidos, para ser presentados ante el tirano en su campamento del Rin o del Danubio.

«¡Ojalá, en todo este combate que estáis librando, os acordéis de la grande recompensa que aguarda en los cielos a los que son perseguidos y vilipendiados por causa de la justicia, por amor del Hijo del hombre, y así os alegréis y regocijéis y saltéis de júbilo como se alegraron en otros tiempos los Apóstoles, por haber merecido sufrir vituperios por el nombre de Jesús» (Hch 5,41).

Y, en efecto, sabiendo con toda evidencia cómo Dios preside al movimiento del cielo y de todo cuanto en él hay y a cuanto en la tierra y el mar se cumple por arte suyo divino en la generación y conservación de todo género de animales y plantas, en sus alimentos y crecimientos, fuera absurdo cerrar los ojos y no mirar a Dios para volverlos a hombres que dentro de poco han de morir y ser entregados al castigo que merecen» (Exhort.).

«[…] si no nos dejamos arrastrar del amor a los hijos o a la madre de nuestros hijos o a cuanto en la vida se tiene por más caro, la riqueza o la vida misma, sino que, rechazándolo todo, nos mantenemos enteros de Dios, sin otro anhelo que gozar de su vida y de tener parte con Cristo junto a los que ya la han alcanzado, entonces podemos afirmar que hemos llenado la medida de nuestra confesión de la fe».

«A quien esto pregunte hay que responderle que a la manera como los que soportaron tormentos y trabajos dieron pruebas de más brillante virtud que los no probados en ellos, así también la muestran los que sobre romper tan fuertes ataduras como el amor al cuerpo y a la vida por su gran caridad para con Dios y echando de verdad mano de la palabra de Dios, viva y eficaz y más cortante que toda espada de dos filos, han sido capaces, cortadas esas ligaduras y con alas como de águila, de volver a la casa de su príncipe» (Prov 23,5).

«Justo es, por ende, que, como los que no han sido probados en tormentos y trabajos, cedan la palma a los que han mostrado su paciencia en los caballetes, en los más varios suplicios y en el fuego, también nosotros, los pobres —y así lo convence la razón—, os la cedamos a vosotros, que, por vuestra caridad para con Dios en Cristo, pisoteáis la gloria engañosa y de tantos apetecida y, con la gloria, tan grande riqueza y hasta el cariño de los hijos» (Exhort.).

Y si este y los a este semejantes son los aprobados, a quienes, como oro en el crisol, los aprobó el Señor con tormentos y suplicios y los recibió como sacrificio de holocausto, ¿qué decir de los probados en el horno de la tentación y negaron, a los que como a réprobos niega delante de su Padre en los cielos y delante de los ángeles de Dios el que niega al que merece ser negado? […]

Ejemplos de Valor en la Antigüedad

Desesperada ya casi la situación, no vaciló en buscar ella sola socorro, y exponer sola su propia cabeza para quitar la vida al ferocísimo Holofernes, y salió a la guerra no con armas, no con bélicos caballos, no apoyada por escuadrones de soldados, sino que por el valor de su ánimo, por la confianza de su fe, por consejo, a par que audacia, mató a su enemigo.

«A estos [a los cuatro jóvenes hebreos que se criaban en el palacio del rey sin gustar las comidas vedadas] el Verbo los hacía adelantar en toda sabiduría, haciendo de ellos testigos fieles en Babilonia, a fin de que por ellos se cubrieran de vergüenza los ídolos de los babilonios, Nabucodonosor fuera vencido por tres niños y, por la fe de estos, el fuego del horno se apartara, la bienaventurada Susana se librara de la muerte y los inicuos viejos quedaran convictos de vano deseo» (Com.).

«He ahí tres jóvenes que han venido a ser dechado de todos los hombres; jóvenes que no se espantaron de la muchedumbre de los sátrapas ni se acobardaron oyendo las palabras del rey, ni se amedrentaron a la vista del fuego del horno encendido, sino que menospreciaron todo el mundo, por tener ante sus ojos solo el temor de Dios».

En un arranque de elocuencia —el doctor romano quiere mantener en su Comentario la ilusión de homilía ante su auditorio de fieles—, arranque que no hay por qué pensar sea puramente retórico y no expresión de un auténtico deseo, Hipólito se dirige a los jóvenes mismos que, dentro del horno, entonan el himno de alabanzas a coro con la creación entera:

Más de un cristiano, que veía en su valor para confesar la fe y en su prontitud en arrostrar todo tormento antes que adorar una estatua de oro, la imagen viva de tantos hermanos que la habían también confesado y por no adorar estatuas de oro y piedra habían sufrido todo género de tormentos, la hoguera entre ellos, se preguntaba por qué no se repetía el milagro del horno de Babilonia y los tres jóvenes o el de Daniel arrojado al foso de los leones sin sufrir el más leve daño.

De notar es cómo ni Hipólito ni san Agustín apelan, para la solución de la dificultad, a la fantástica milagrería de los píos novelistas de los siglos posteriores, que tan lastimosamente enmarañaron la magna hazaña de los mártires, por olvidar que el martirio mismo era el más grande milagro, y que, en definitiva, Dios no necesita de nuestras mentiras, por muy piadosas que sean, para acreditar su verdad.

El Contexto Legal Romano y la Persecución

Si no queremos ver aquí cierta incongruencia de lenguaje, habrá que suponer que los deportados de Cerdeña son, en término genérico, confessores de la fe, pues todos —hasta Calisto: su enconado enemigo no lo puede negar— han dado testimonio de ella ante los tribunales, y específicamente martyres por haber sufrido la condena a las minas, que era una manera lenta de dar la muerte.

Cuando arde en todo su furor la persecución neroniana del año 64, san Pedro escribe desde Roma a las cristiandades de Asia, adonde se había propagado, o estaba para propagarse, el gran incendio: «Queridos míos, no os extrañéis del fuego que ha prendido en vosotros y sirve para probaros [la metáfora no puede ser más translúcida, escribiendo el Apóstol cuando aún humean las ruinas de Roma] como si ocurriera algo extraño».

«Tratándose de nosotros, que profesamos no cometer injusticia alguna y no tenemos las impías opiniones de ciertos filósofos, no conducís los procesos con debido examen, sino que, arrastrados por pasión irracional y por azote de perversos demonios, nos castigáis sin formación de juicio, sin que nada se os importe de ello. Porque hay que decir la verdad: antiguamente hicieron su aparición en el mundo unos demonios perversos que violaron a las mujeres y corrompieron a los jóvenes e infundieron terrores a hombres fáciles de espantar, por no saber juzgar los acontecimientos conforme a razón».

«A los que por esta ignorancia desprecian como indiferente el sacrificar, les diríamos que así como son culpables contra el bien común y se castiga a quienes proporcionan alimentos a bandidos, asesinos y enemigos del gran rey, ¡con cuánta más razón hay que acusar a los que, por medio del sacrificio, se los dan a los ministros de la maldad y los retienen así en la atmósfera circundante de la tierra!» (Exhort.).

La Visión Romana de los Cristianos

Otros apologistas vinieron a sentar la tesis de que solo emperadores monstruos de iniquidad, como Nerón y Domiciano, pudieron perseguir a los cristianos, y esta opinión no ha desaparecido de la conciencia del que pudiéramos llamar cristiano medio, que se siente sorprendido y un poco molesto de hallar nada bueno en la historia de un emperador que la tradición incluye en el catálogo —especie de lista negra— de los perseguidores de la Iglesia.

«Y la prueba mayor de que fue para bien iniciarse nuestra doctrina, a par con el felizmente iniciado imperio, está en que, desde el mando de Augusto, ningún desastre le ha sobrevenido, sino que todo ha sido gloria y esplendor conforme a los deseos de todos. De entre todos los emperadores, solo Nerón y Domiciano, engañados por consejeros envidiosos, quisieron calumniar nuestra religión, y de ellos viene haberse difundido contra nosotros la mentira, aceptada, como suele aceptarse toda calumnia, sin razonamiento ninguno» (HE, IV, 26, 7).

Aun en el caso de ser mansos y pacíficos y no darse a la propaganda, le parecen peligrosos por el mal ejemplo que dan y los condena a ser encerrados en la casa en que se recobra la cordura —el sophronisterion—, agradable eufemismo que designa la cárcel, y quiere que se los tenga allí cinco años, durante los cuales han de oír un sermón cada día.

El romano del Imperio, lo mismo que el de la República, estaba sinceramente convencido que a su fidelidad a los dioses debía su prosperidad sin mengua y sus victorias inmarchitas. Ahora bien, si los contemporáneos y consejeros de Nerón vieron en el cristianismo un peligro para la religión nacional, la proscripción de la nueva secta, cuyos seguidores, por lo demás, tan mala fama llevaban, era la cosa más natural del mundo.

Y es que, a la verdad, el cristianismo venía a trastornar de arriba abajo todas las concepciones religiosas de los antiguos, no solo porque su doctrina había de acabar con el politeísmo, sino porque la espada del espíritu, que solo él poseía, había de separar definitivamente religión y política y trazar, con la nitidez de la palabra del Maestro, la línea fronteriza de los dominios de Dios y de los del César.

La Ley Injusta y la Obstinación Cristiana

Ante lo inicuo de las persecuciones contra unos hombres cuya inocencia era patente y fue reconocida alguna vez por la misma autoridad, por Plinio, por ejemplo, en el caso de los cristianos de Bitinia, los paganos parecían responder: «La ley es la ley y la necesidad de obedecerla está por encima de toda verdad» —lo mismo que en todos los tiempos repiten todos los leguleyos, a quienes no hay manera de hacerles enterarse de la palabra evangélica sobre que no se hizo el hombre para el sábado ni para la ley, sino el sábado y la ley para el hombre—, el apologista responde:

Notemos que Tertuliano está hablando con los gobernadores de las provincias, «con los que están al frente del Imperio romano y se sientan para juzgar en lugar abierto y patente, casi en la cúspide misma del Estado», y lo que les pide es que interpongan su autoridad y valimiento ante el emperador para que sea abolida una ley que no es tal ley, por no ser justa, pues no maravilla que una ley se derogue o reforme:

Y, en efecto, una religión con una doctrina definida, clara y obligatoriamente profesada, era una de las novedades fundamentales del cristianismo respecto a las amadas religiones paganas y no había más punto de referencia sino las varias sectas filosóficas del tiempo, penetradas todas de dogmatismo, y limitadas sus aspiraciones a la ordenación ética de la vida.

Ninguno de ellos, sin juicio alguno, por su sola ciencia o arte, pasa para el juez por bueno o malo; sino que si se demuestra que es culpable, se le castiga, sin que por ello se achaque culpa alguna a la filosofía, pues solo es culpable quien no filosofa como se debe, y la ciencia no tiene de ello la culpa;

«[…] consta en las actas de los mártires escilitanos, ejecutados el año 180, y que reza así: “El procónsul Saturnino levó de la tablilla la sentencia: ‘Esperato, Nartzalo, Citino, Donata, Vestia, Segunda y los demás que han declarado vivir conforme a la religión cristiana, puesto que habiéndoseles ofrecido facilidad de volver a la costumbre romana se han negado obstinadamente, sentencio que sean pasados a espada’”». Los ejemplos pudieran multiplicarse.

Calumnias y Prejuicios Paganos

En el texto (108), no solo les reprocha no haber dado fe a Jesús al darles por signo de su misión divina «la señal de Jonás» y no haber creído en su resurrección, sino que «enviaron por toda la tierra hombres escogidos, pregonando haberse levantado una secta sin Dios y sin ley bajo el nombre de cierto impostor Jesús de Galilea, a quien, habiendo vosotros crucificado, sus discípulos robaron su cuerpo del sepulcro donde había sido depositado, bajado de la cruz, y engañan ahora a los hombres diciendo haber resucitado».

Y paréceme que obra Celso de modo parecido a los judíos que al comienzo del cristianismo propalaron calumnias contra la enseñanza cristiana: que, tras sacrificar a un niño, nos repartíamos sus carnes; además, que los de la palabra de Cristo, queriendo hacer lo que solo se hace entre tinieblas, apagan las luces y se une cada uno con la primera que topa.

Pues si a mediados del siglo III hay paganos que niegan la palabra a un cristiano por el horror que le inspira su vida contra naturaleza, ¿qué debemos pensar cuando todo un Tácito recoge el sentir popular y nos habla de los flagitia de los cristianos, un literato fino y humano como Plinio repite la misma palabra: «a causa de las infamias inherentes a los nombres», y un Suetonio no halla más benévolo calificativo que el de [superstición nueva y maléfica].

La Magnitud de las Persecuciones

Esta misma extensión impedía que la ley se aplicara en todas partes con el mismo rigor, no ya solo en los dos primeros siglos, en que el carácter intermitente de la persecución salta a la vista, sino en la misma persecución general bajo Diocleciano, en que la forma tetrárquica del Imperio dio por resultado que mientras el Oriente se ensangrentaba de sangre cristiana, apenas si se aplicaron en Occidente los edictos de exterminio.

Luego que entre las Disertaciones cipriánicas, que Enrique Dodwell, varón brillantísimo otrora por la erudición en el estudio de la antigüedad, editó en el año 1684 en Oxford, juntamente vio la luz pública un breve escrito sobre los mártires en el que este autor, hecha apología de los tiranos, y acusados de falta de fe o que juzga en sentido ajeno en algunos autores que se oponen a su criterio, se esfuerza por probar que muy pocos mártires sufrieron en las incipientes persecuciones.

«Mientras, de una parte, las tentativas de crueldad fueron de breve duración, la relativa tolerancia mostrada por Cómodo, Alejandro Severo y Felipe el Árabe, por otra, contribuyó en gran manera a mejorar durante varios decenios la condición de los cristianos, tanto más que con el siglo II se fue gradualmente disminuyendo también el fanatismo anticristiano de la plebe y la aversión de la sociedad».

Que la ley contra los cristianos no fue jamás completamente abolida, hasta la victoria de la Iglesia, y que aun en los tiempos de tregua y calma, cuando la comunidad respiraba, el juez no podía dejar de aplicarla siempre que se le llevaba un culpable a su tribunal, y habrá de persuadirse, creo yo, que no hay que llevar demasiado lejos la opinión de Dodwell, y que, aun suponiendo que cada vez y en cada lugar particular hayan perecido pocas víctimas, deben formar, reunidas, un número considerable (22).

La Recolección de las Actas

Aun el gran Ruinart escribe, en su famoso «Prefacio» a las Acta Sincera: «Esto ya era aconsejado a aquellos antiguos cristianos que, aunque huyendo en las persecuciones, o en verdad poco después ya calmados, con tanto celo, a menudo también se esforzaban, con la vida en peligro, por contrastar las actas de los santos mártires, de suerte que no movieran ni una piedra, ahorraran por ningún medio, trabajo o autoridad por apoderarse de sus votos».

Tenemos, ciertamente, un pasaje de san Cipriano que se cita siempre a este propósito, aquel en que, escribiendo a su clero, al comienzo de la persecución de Decio, les dice: Denique dies eorum quibus excidunt adnotate ut commemorationes eorum inter memorias martyrum celebrare possimus («Finalmente, tomad también nota de los días en que mueran, a fin de que podamos celebrar sus conmemoraciones entre las memorias de los mártires») (Epist.).

Y de Egipto escribe, como testigo presencial, que la persecución duró allí años, y en un solo día se llevaban a efecto unas veces diez, otras veinte y hasta cien ejecuciones (HE, VIII, 9): «Yo mismo, que me hallaba presente, fui testigo de ejecuciones en masa, en las que unos eran decapitados, otros quemados, de suerte que las espadas se embotaban o hacían pedazos, y los verdugos tenían que ser relevados de fatiga».

En todo caso hay que hacer justicia a la impresión de los contemporáneos de que las persecuciones fueron en extremo sangrientas, no solo en su conjunto, sino cada una de ellas, por lo menos las de Marco Aurelio, Septimio Severo, Decio, Valeriano y Diocleciano, por más retórica, espíritu polémico y carencia del sentido del número que supongamos en los escritores que nos hablan de ellas.

La Constancia del Mártir y la Victoria de la Fe

Preso san Policarpo por la policía, y camino ya del estadio, el irenarca, especie de jefe de ella, y su padre Nicetas, tienen la deferencia de hacerle montar en su coche, con sentido de humanidad que los honra, y como quienes saben muy bien de qué se trata en todo asunto cristiano ante los tribunales, le dicen al viejo obispo de Esmirna: «¿Qué inconveniente hay en decir: “César es el Señor”, sacrificar, cumplir los otros ritos y salvar la vida?».

Flaviano, diácono cartaginés a quien a todo trance quieren salvar de la muerte sus amigos, aun inventando documentos en que se hace constar que no hay tal diaconía, va a presentarse por segunda vez ante el juez con la plena esperanza, él, de que ha de obtener la corona del martirio, decididos los suyos —amigos y discípulos paganos— a tentar lo imposible para salvarle la vida:

Cuando la diabólica consigna de la persecución de Decio, que, por lo demás, estaba ya implícita en el rescripto de Trajano y fue ciertamente válida en la última y más sangrienta de las persecuciones, de hacer antes apóstatas que mártires, podía entrar en juego en este duelo entre el juez pagano y el reo cristiano el amor propio de aquel de no verse vencido por la constancia del mártir, y así cuenta Lactancio de aquel gobernador de Bitinia, a quien dice haber conocido, que se ufanaba de haber logrado doblegar la constancia de un cristiano que le resistió durante dos años, como si hubiera sojuzgado a una nación bárbara (Inst. div., V, 18).

«Por lo cual, aspirando a carismas mejores, los mártires portadores de Cristo soportaron todo género de trabajos y tormentos de toda especie, y eso no por una sola vez, sino algunos por una y otra vez, y despreciando todas las amenazas de los soldados de escolta del tribunal que no se paraban en palabras, sino que pasaban a los hechos, y entablaban entre sí porfía en su ensañamiento contra ellos, no cedieron un ápice en su sentir, pues la perfecta caridad arroja fuera el temor».

Daciano, furioso por no lograr la apostasía del mártir, da orden a los verdugos: «Atadlo y, con los brazos retorcidos, / extendedlo arriba y abajo, / hasta que las junturas de sus huesos / crujan, descoyuntadas, miembro a miembro. / Luego, con rajantes golpes, / desnudado lo que esconden las costillas, / a fin de que por entre las aberturas de las llagas, / el descubierto hígado palpite».

Este cuadro del satírico samosatense, que, como cualquier pagano culto de su tiempo —época de Marco Aurelio—, tiene solo superficial conocimiento del cristianismo, está de modo notable literalmente confirmado por las palabras de Arístides, apologista del tiempo de Adriano: «Cuando los cristianos saben que uno de los suyos está preso o es perseguido por el nombre de su Cristo, todos sienten como suyas sus penas y, si es posible librarlo, no perdonan sacrificio para este fin» (Apología, 15).

La Integridad de la Fe

El concilio de Arlés de 314 establece en su canon 13: «De aquello que se cuenta haber entregado las santas Escrituras o los vasos dominicales o los nombres de sus hermanos, nos complació que cada uno de ellos quedara de manifiesto por actos públicos, no por simples palabras, fueran apartadas del orden de clerecía».

Páginas estas empapadas todas de sangre caliente, vertida serena y alegremente por el testimonio de la fe en Jesús, tendrán, sin duda, virtud y eficacia de fortalecer nuestra fe exangüe, la fe pálida, incolora, vacilante, fatigada, angustiada de tantos cristianos de nuestro tiempo que ya no se hacen, sino que nacen, y que, para serlo de verdad, necesitarían el bautismo y testimonio de la sangre.

«[…] mayores tan alto honor a los que conseguían el martirio, por la veneración misma que el martirio les inspiraba, que aun de simples laicos y catecúmenos se redactaban actas con el relato de casi todo, por no decir todo, lo referente a sus pasiones, con la intención, patentemente, de que llegara un día a noticia nuestra, que no habíamos aún nacido».

Ahora bien, si con tanta diligencia se recogen en los anales de la Historia las hazañas de los hombres ilustres, para que en ellas, como en un espejo, puedan contemplar los posteriores qué hayan de seguir, qué huir en la recta institución de la vida, con cuánto mayor empeño no habremos nosotros de recoger lo que nos queda de las actas de los mártires, a fin de que, excitados por su lectura, los fieles de Cristo soporten pacientísimamente cuanto de difícil y duro puede ocurrirles en el decurso de su vida cristiana, y aun si alguna vez se presenta un caso insólito y arduo por defender la parte de Cristo, le acometan valerosamente y jamás rehúyan, ante el ejemplo de tan grandes hombres, perder sus riquezas y la vida misma, si fuere menester.

El Martirio como Hecho Sobrenatural

Para nosotros, cristianos, que lo miramos con los ojos de la misma fe por la que morían los mártires, el martirio es un hecho estrictamente sobrenatural, que tiene sus profundas raíces en la fe, representa la prueba última de la caridad —nadie puede dar prueba mayor de amistad que morir por el amigo, dijo el Señor mismo— y es la suprema victoria de la gracia sobre la naturaleza, al triunfar de su instinto más hondo, el amor a la vida presente, por la esperanza de la venidera.

Hacia el 178, en el imperio todavía de Marco Aurelio, aparece el Discurso verdadero, de Celso, el ataque más serio que hasta entonces recibiera el cristianismo, pero testimonio a la vez de su fuerza y pujanza expansiva. Celso, que había visto perseguir como a alimañas a los cristianos y opinaba que tras las últimas cacerías apenas si quedaría alguno que otro metido en algún escondrijo, hace en realidad justicia a la constancia de los mártires, pues opina que «quien una vez abrazó una doctrina buena no ha de apartarse o fingir que se aparta o reniega de ella, por más peligros que haya de correr por parte de los hombres»;

El testimonio de los mártires, el grito de su sangre, penetró en muchas almas rectas, que buscaban a tientas a Dios y anhelaban la verdad y la paz religiosa y lo hallaron con solo seguir la sangrienta huella de los que por la muerte caminaban a Él. No parece exagerado afirmar que la predicación más eficaz del cristianismo la hicieron los mártires, y que a este hecho, único y singular, que no tenía par en ninguna otra religión, debió esta nueva iniciación de la vida —como llama Luciano al cristianismo— las más altas y más bellas adhesiones del mundo antiguo.

«Ahora bien, como sea cierto que el número de los cristianos se aumente siempre de los que pasan del culto de los dioses, y jamás se disminuya, ni aun en tiempo de persecución (pues los hombres pueden pecar y mancharse por el sacrificio, pero no apartarse de Dios, como quiera que la verdad pesa por su propia fuerza), ¿quién será tan insensato y ciego que no vea en cuál de las dos partes está la sabiduría?»

Ahora bien, siendo así que la ley divina ha sido aceptada desde el nacimiento del sol a su ocaso, y todo sexo, toda edad y nación y clima sirve a Dios con unos solos y mismos afectos, y dondequiera es de ver la misma paciencia y el mismo desprecio de la muerte, debieran entender que debe haber en ese asunto alguna oculta razón que no sin causa se defiende hasta soportar la muerte;

Y, en efecto, cuando el vulgo contempla cómo se despedaza a los hombres con varios géneros de tormentos, y cómo, cuando ya los verdugos se fatigan, la paciencia de los mártires se mantiene invicta, piensan, como así es en realidad, que no puede ser vano ni el consentimiento de tantos ni la constancia de los que mueren y, en fin, que no es posible, sin ayuda de Dios, haya paciencia capaz de soportar tan grandes suplicios.

«Por lo cual, hermanos amadísimos, con fe firme y devoción robusta hay que resistir contra todos los furores de nuestros perseguidores, y a los que hemos de oponer nuestro valor, y no dice el temor con aquellos que tienen su esperanza en la eternidad y vida celeste, y cuyo ardor se enciende por el deseo de la luz, y cuya salvación se alegra de la inmortalidad prometida».

Nicodemo, príncipe de los judíos y maestro en Israel, visita una noche a Jesús, a quien también le da el honroso título de maestro, y maestro que viene de parte de Dios. Jesús le anuncia al maestro en Israel el misterio primordial del reino de Dios, el misterio justamente de una vida nueva que ha de iniciarse por un nacimiento nuevo. El maestro en Israel no entiende lo que se le dice y demanda una explicación: «¿Cómo puede suceder eso?», Le contestó Jesús: «¿Tú eres maestro en Israel, y no lo entiendes?»

La Edad Media levantará, a su vez, la ingente y maciza mole de la filosofía y de la teología escolástica, cuya solidez, como la de sus catedrales, desafía los siglos. Los tiempos modernos —del Renacimiento acá—, ante el ataque creciente a la fe, han dado extraordinario desarrollo a la apologética, acudiendo por armas al campo mismo o arsenales enemigos: la filosofía, las ciencias naturales, la historia, la filología.