El Siglo XI en la Península Ibérica: Del Fin del Califato a la Hegemonía de los Reinos Cristianos y Almorávides
Crisis y Caída del Califato de Córdoba (1002-1031)
En el siglo XI, desde la muerte de Almanzor hasta el año 1031, se desarrolla una gran época de inestabilidad. Anteriormente a su muerte, Almanzor creó una dinastía hereditaria basada en el cargo de Hayib para legitimar el poder. Tras morir, le sucederá su hijo Abd al-Malik, confirmado por Hisham II al no tener hijos. Abd al-Malik recibió todas las prerrogativas con las que contaba su padre y siguió con su misma línea política. Sin embargo, muere en el 1008 y le sucede otro hijo de Almanzor apodado como “Sanchuelo”.
A diferencia de sus antecesores, que solamente se titularon con algún título califal, Sanchuelo se proclamó califa a través de Hisham II. Sin embargo, esto despertó descontentos de las facciones cordobesas, quienes eran partidarios de los Omeyas. De esta manera empezó a desarrollarse el fenómeno conocido como la “Gran Fitna”, un conflicto entre los partidarios de la sucesión hereditaria (Omeyas) y la sucesión electiva (Amiríes).
Muhammad II, un descendiente de la dinastía Omeya, se titularía como califa en ausencia de Sanchuelo durante una campaña militar. A su vuelta, Sanchuelo sería asesinado y empalado frente al alcázar de Córdoba. Esto impuso definitivamente como califa a Muhammad, quien resultó ser un tirano. A partir de esto, los bereberes impulsan a otro candidato Omeya poco después, conocido como Suleymán al-Mustain (1010), aunque sería derrotado por Muhammad II. Los bereberes no cesaron en sus empeños, degollando a Muhammad II e imponiendo de nuevo a Hisham II; durante este proceso destruyeron la ciudad de Madinat Al-Zahra. Finalmente, volvieron a nombrar a Suleymán.
Tras el breve periodo de reinado de Suleymán, en el 1016, un gobernador bereber de Ceuta, Alí ibn Hammud (1016–1018), lleva a cabo un golpe de estado asesinando a Suleymán y legitimándose como descendiente directo de la familia de Mahoma, fundando la dinastía de los Hammudíes. Este nuevo califa es considerado un tirano, hecho que le lleva a ser asesinado mientras se bañaba por sus propios esclavos en el año 1018.
Durante estos años se van sucediendo en el trono los candidatos impulsados por ambos bandos como muestra de la inestabilidad existente. En el año 1029 llega al trono Hisham III (1029–1031), quien no es capaz de gestionar la situación de un Califato ya ausente en la práctica, acabando, incluso, encerrado, pues el pueblo no lo acepta y los alfaquíes tampoco. De esta forma, en Córdoba se reúne una asamblea de notables en 1031 que da por abolido el Califato. Aunque tratan de gobernar al-Ándalus, para este momento, los gobernadores ya habían absorbido suficiente poder para constituirse como unidades políticas independientes: los reinos de taifas.
El Condado de Barcelona y su Hegemonía en la Cataluña Vieja
La muerte de Berenguer Ramón en 1035 no produjo una disgregación del núcleo compuesto por Barcelona, Gerona y Osona. Sin embargo, desde 1020, estamos ante una transformación que condujo a una feudalización intensa de la sociedad, siendo el poder de los condes alto, con el sucesor Ramón Berenguer I (1035-1076).
En su reinado, la economía y la crisis en la sociedad mejoraron sustancialmente. Territorialmente, además de asegurar la unidad de los tres condados, incrementó su influencia mediante el vasallaje de los condes de Cerdaña, Pallars, Ampurias y Besalú, aprovechándose de la recaudación del sistema de parias, aunque estas aseguraron la independencia de las taifas de Lérida y Tortosa.
Sus sucesores sobre el papel serían sus dos hijos varones, Ramón Berenguer II y Berenguer Ramón II, que debían compartir el gobierno. Sin embargo, Ramón Berenguer II fue asesinado en 1082, gobernando en solitario y siendo acusado de asesinato Berenguer Ramón II hasta 1097. Además, aceptó la hegemonía peninsular de Alfonso VI de León y Castilla. En relación con los musulmanes, las victorias castellanas le animaron a intentar conquistar Lérida y Tortosa, pero la llegada de los almorávides frenó dicha idea.
Sancho III el Mayor y la Expansión de Pamplona
Sancho III subió al trono en 1004, recibiendo un reino con varias partes diferenciadas como Pamplona y sus territorios viejos, la zona de La Rioja, la Ribera navarra y el condado de Aragón. Por lo que respecta a los núcleos pirenaicos, intervino en Sobrarbe y Ribagorza, que entre 1017 y 1025 fueron anexionados al reino de Pamplona o quedaron en situación semejante al reino de Aragón, juntando todo con la influencia en el condado de Pallars, que hacia 1011 había dividido en dos: Pallars Jussá y Pallars Sobirá.
También se involucró en los asuntos del condado de Castilla, cuyo mandato estaba vacante en 1017, apoyando a su cuñado García Sánchez. Al ganar este el condado, se mantuvo bajo la influencia directa del rey pamplonés; algunos historiadores sostienen que quien de verdad manejaba el poder en Castilla era Sancho III. El asesinato del conde de Castilla en León en 1028 provocó que Castilla pasara a ser controlada por Sancho III a través de los derechos de su esposa, hermana del conde asesinado, delegando en 1028 a su hijo Fernando (aún un niño) como conde castellano.
Al morir el monarca en 1035, se produce una división del reino entre sus hijos:
- García Sánchez III: Recibió Pamplona y los añadidos de La Rioja.
- Ramiro: El mayor pero ilegítimo, recibió Aragón, convertido en reino propio aunque bajo tutela pamplonesa.
- Gonzalo: Recibió los condados de Sobrarbe y Ribagorza.
- Fernando I: Recibió el condado de Castilla, aunque en 1037 accedería también al trono leonés.
Conflictos Dinásticos y la Sucesión de Fernando I
García Sánchez III en teoría habría recibido las mejores posesiones, sumadas a la herencia de zonas castellanas de Castilla la Vieja, Álava, Montes de Oca y la Bureba, que su hermano Fernando I aceptaba ceder en 1038. Además, consiguió otras plazas para el reino como Calahorra en 1045, rivalizando en poder con su hermano. Esto provocó el enfrentamiento entre hermanos, en el cual Fernando I ganó en la batalla de Atapuerca en 1054, muriendo en combate García Sánchez III y recuperando Castilla los territorios cedidos anteriormente.
El siguiente rey pamplonés será Sancho Garcés IV (1054-1076), quien no logró dominar a una aristocracia atrincherada en sus privilegios, no pudo ampliar sus territorios al sur ni mantener las ambiciones territoriales de los castellanos, estando siempre bajo la mirada del rey de Aragón. Toda esta crisis provocó que Sancho IV fuera despeñado en Peñalén en 1076, resultando en la repartición del reino de Pamplona entre Castilla y Aragón, quedando la dinastía pamplonesa reinante extinguida.
Castilla, León y Galicia bajo Fernando I y sus Hijos
Como hemos visto, en 1035 Fernando hereda el condado de Castilla. En 1037 se enfrenta al rey Vermudo III, basándose en los derechos de su esposa, derrotándolo en la batalla de Tamarón, donde Vermudo III murió. De esta manera, Fernando I fue proclamado rey de León y Castilla. Bajo su reinado se benefició de las numerosas parias de Toledo, Badajoz, Sevilla y Zaragoza, prosperando en la agricultura y el comercio, especialmente en el Camino de Santiago.
A su muerte en 1065, repartió el reino entre sus hijos:
- Sancho II: El mayor, heredó Castilla y las parias de Zaragoza.
- Alfonso VI: Heredó León y las parias de Toledo.
- García: Recibió Galicia, convertida en reino, así como las parias de Sevilla y Badajoz.
Desde 1067 se inició la llamada “Guerra de los Sanchos”, donde Sancho II luchó contra los reyes de Pamplona y Aragón, a la vez que intentaba recuperar la herencia de sus hermanos. Sancho II venció a Alfonso VI en la batalla de Llantada y en 1071 consiguió la desaparición del reino de Galicia. En 1072 vencía de nuevo a Alfonso VI en la batalla de Golpejera, quedando Sancho II como rey virtual de León y Castilla, mientras Alfonso VI se refugiaba en la taifa de Toledo.
Sin embargo, el control de Sancho no era total; los gallegos, leoneses y su hermana Urraca (quien controlaba Zamora) se oponían. Así se produjo el asesinato de Sancho II en Zamora en 1072. Este hecho permitió que Alfonso VI tomara el poder total de los reinos de Castilla y León, manteniendo preso a García desde 1073 y promulgando su papel como emperador.
El Reinado de Alfonso VI y la Conquista de Toledo
Sumado a las anexiones contra sus hermanos, Alfonso VI consiguió territorios como La Rioja, comarcas alavesas y Guipúzcoa. En relación con los musulmanes, sustituyó el sistema de parias y paz por el de guerra y repoblación al sur de la Cordillera Central. Debido a esto, se produciría la conquista de Toledo en 1085.
Esta conquista provocó la reacción almorávide, entrando en guerra continua contra ellos. En este contexto destacan personajes autónomos como Rodrigo Díaz de Vivar, El Cid. Desterrado por Alfonso VI en 1081, actuó como conquistador independiente o mercenario de reyes de taifas, especialmente en Zaragoza. En sus últimos años conquistó Valencia en 1094, manteniéndola hasta su muerte en 1099. Poco después, los musulmanes recuperaron la ciudad, quedando el Cid como una figura histórica engrandecida por el Cantar de Mio Cid.
Los Reinos de Taifas: Tipología y Debilidad
No todos los reinos se configuraron a la vez, ni tuvieron la misma importancia. Las principales taifas fueron las de las marcas fronterizas: la Marca Inferior (Badajoz), la Marca Media (Toledo) y la Marca Superior (Zaragoza). Con el tiempo, las taifas mayores integraron a las menores.
Heredaron el mecenazgo cultural del califato, pero no invirtieron tanto en el ejército, buscando el apoyo de mercenarios. Su debilidad y enemistades facilitaron el avance cristiano. Se diferencian tres tipos de reinos:
- Taifas árabes andalusíes: Situadas en el suroeste, como Sevilla (dinastía abadí), que absorbió a Córdoba y Murcia. También Huelva, Niebla y Zaragoza (Banu Hud).
- Taifas bereberes: Divididas entre bereberes arraigados (muy arabizados) y neobereberes (llegados recientemente del Magreb).
- Taifas eslavas: Gobernadas por antiguos funcionarios de origen eslavo, principalmente en el área levantina (Tortosa, Valencia, Denia, Almería).
El Sistema de Parias
El sistema de parias era un impuesto establecido por Alfonso VI a cambio de no atacar a las taifas. Este aprovechaba la inestabilidad musulmana para obtener rédito económico, lo que provocó tensiones internas y problemas financieros en Al-Ándalus. Esta presión fue la responsable de que las taifas solicitaran ayuda externa a los almorávides.
La Intervención Almorávide en la Península
La llegada de los almorávides fue liderada por Yusuf ibn Tasufín, quien fundó Marrakech en 1071. Su imperio se regía por el rigorismo y la austeridad. Ante la conquista de Toledo en 1085, los reyes de Sevilla, Badajoz y Granada pidieron auxilio al imperio magrebí.
Yusuf desembarcó en 1086 con el objetivo de realizar la guerra santa. Se produjo la batalla de Sagrajas, una aplastante victoria almorávide. Aunque no recuperaron Toledo, Yusuf regresó al Magreb. En una segunda campaña en 1088, tras el sitio de Aledo, los resultados fueron mediocres.
Finalmente, en su tercera campaña en 1090, Yusuf se propuso el sometimiento de los propios reinos de taifas. Conquistó Granada, Málaga y Sevilla. La única taifa meridional que se resistió fue Badajoz, que caería en 1094. Sin embargo, no logró tomar Valencia mientras estuvo defendida por el Cid.
