Carlismo y Guerra Civil

El carlismo, con su principal apoyo en el País Vasco y Navarra, fue un movimiento de carácter religioso y tradicionalista que defendía el sistema foral (en oposición al centralismo) bajo el lema ‘Dios, Patria y Rey’. La guerra se desarrolló principalmente a través de guerrillas en el medio rural, lideradas por figuras como Zumalacárregui. La regente, María Cristina, no actuó con la contundencia necesaria, lo que agravó el conflicto. Carlos María Isidro, pretendiente al trono, llegó incluso a las puertas de Madrid, pero su intento de acuerdo con la reina fue rechazado. Ante esta situación, la regente confió la defensa de la corona y de los isabelinos al general Baldomero Espartero, quien logró obligar a los carlistas a retirarse y frenar su avance.

La fase final de la guerra culminó con el enfrentamiento entre el liberal Espartero y el carlista Maroto, que concluyó con la firma del Convenio de Vergara. Este acuerdo establecía el compromiso de Espartero de mantener los fueros de Navarra y el País Vasco, así como la integración de los oficiales carlistas en el ejército real. Aunque el carlismo persistió como movimiento, su fuerza y poder quedaron significativamente mermados.

Constitución de 1837 y Regencia de Espartero

Promulgada tras el fin de la Primera Guerra Carlista y en un contexto de creciente división parlamentaria entre moderados y progresistas, la Constitución de 1837 presentaba las siguientes características:

  • Soberanía nacional compartida entre el Rey y las Cortes, con amplios poderes para el monarca (disolución de Cortes, veto legislativo).
  • Parlamento bicameral (Senado y Congreso de los Diputados).
  • Sufragio censitario directo.
  • Consolidación del desmantelamiento del Antiguo Régimen.

A nivel nacional, los moderados ostentaban la mayoría, mientras que en el ámbito local y municipal predominaban progresistas y radicales. Los moderados intentaron recuperar el control municipal mediante la aprobación de una nueva ley que reforzaba el poder gubernamental y restringía la participación popular, así como a través del restablecimiento de leyes municipales, el diezmo y la depuración de la Milicia Nacional. Para ello, era crucial contar con el apoyo del ejército, y en particular del general Espartero. Sin embargo, este se negó a respaldar la medida. La reina, a pesar de ello, sancionó la ley, lo que provocó una serie de levantamientos populares que forzaron la marcha de María Cristina a Francia, asumiendo Espartero la regencia entre 1840 y 1843.

La tensión y la ruptura entre progresistas y moderados se acentuaron. Espartero, de ideología progresista, implementó durante su regencia medidas como la eliminación del diezmo y la continuación de las desamortizaciones eclesiásticas. Su regencia, sin embargo, no logró satisfacer ni a moderados, ni a progresistas, ni a los radicales (estos últimos divididos en demócratas y republicanos). Incluso sus principales apoyos, los radicales demócratas y republicanos, le retiraron su confianza. Unidos, protagonizaron un pronunciamiento militar que puso fin a la regencia de Espartero, quien partió al exilio. En este contexto, emergió la figura clave de Ramón María Narváez, líder de los moderados. Progresistas y moderados se unieron para formar gobierno, imponiéndose finalmente los moderados bajo el liderazgo de Narváez, quien contaba con el respaldo del ejército y la Corona. Así, en 1843, Isabel II fue declarada mayor de edad y comenzó su reinado efectivo.

Reinado de Isabel II: Desamortizaciones y Sociedad de Clases

Entre 1835 y 1837 se consolidó la transición política hacia el sistema liberal. Con el objetivo de sanear la Hacienda Pública y recaudar fondos, se llevaron a cabo las desamortizaciones de los bienes eclesiásticos y municipales.

Las Desamortizaciones

  • Desamortización de Mendizábal (1836): Consistió en la nacionalización de las propiedades de la Iglesia y su posterior venta en subastas públicas a particulares. Su principal objetivo era sanear la deuda pública, agravada por la guerra carlista. Sin embargo, esta medida no logró el objetivo previsto de forma completa.
  • Desamortización de Madoz (1855): Coincidió con el Bienio Progresista del reinado de Isabel II. Afectó tanto a bienes del clero como, de forma significativa, a los bienes municipales (propios y comunes). Esta acción provocó una ruptura con la Iglesia. Aunque la reina no era muy partidaria de esta medida, la firmó. A la situación económica se sumaba la falta de fondos para pagar a funcionarios y militares, así como el elevado coste de la vida.

De la Sociedad Estamental a la Sociedad de Clases

España transitó de una sociedad estamental, basada en el privilegio de nacimiento, a una sociedad de clases, donde la posición social venía determinada por la riqueza.

Clases Altas

Compuestas por la alta nobleza y la jerarquía eclesiástica, que compartieron su estatus con una nueva oligarquía económica y política.

  • Vieja Aristocracia: La mayoría logró mantener o incluso aumentar su patrimonio gracias a la compra de bienes desamortizados.
  • Alta Burguesía: Dedicada a los grandes negocios (financieros, industriales, comerciales), defendía la propiedad privada y la libertad empresarial.

Clases Medias

Un grupo poco numeroso pero influyente, con gran compromiso político. Compartían la mentalidad burguesa (valor del trabajo y el ahorro) pero con menor poder adquisitivo. Se dividían en:

  • Clase media rural.
  • Clase media urbana (profesionales liberales, funcionarios, pequeños comerciantes).

Clases Populares

Englobaban a las clases trabajadoras, excluyendo a los marginados.

  • Campesinado: Mayoritario en el medio rural, sus condiciones de vida apenas mejoraron durante el siglo XIX.
  • Clases Bajas Urbanas: Dedicadas al sector servicios y la artesanía.
  • Obreros: Trabajadores de la incipiente industria, con condiciones laborales muy duras.

Marginados

No formaban parte del sistema productivo. Vivían de la caridad, la delincuencia o la mendicidad. El Estado los utilizaba ocasionalmente como mano de obra forzada o soldados.

El Sexenio Democrático (1868-1874)

La Revolución de 1868: ‘La Gloriosa’

Los últimos años del reinado de Isabel II estuvieron marcados por:

  • Revueltas populares debido a una profunda crisis económica.
  • Progresistas, demócratas y republicanos perseguidos y excluidos del sistema político.
  • Creciente impopularidad de la reina.

El Pacto de Ostende (1866) fue una alianza entre progresistas, demócratas y, posteriormente, republicanos, con el objetivo de derrocar a Isabel II y democratizar España. Este pacto fue el germen de la Revolución de 1868, conocida como ‘La Gloriosa’, liderada por los generales Prim y Serrano. Sus causas principales fueron:

  • Malas cosechas que provocaron una crisis de subsistencia.
  • Extensión de las ideas democráticas y republicanas.
  • Acentuación del descrédito de Isabel II y su gobierno.

Isabel II intentó mantenerse en el poder sin éxito. Sin apoyos, la reina se vio forzada a marchar al exilio en Francia junto a su hijo, el futuro Alfonso XII. En España, se desató un movimiento juntista, con la creación de juntas revolucionarias que buscaban suplir el vacío de poder. Ante esta situación, se hizo necesaria la formación de un Gobierno Provisional, integrado por los líderes de la revolución, lo que implicó la disolución de las juntas. Este gobierno adoptó las siguientes medidas:

  • Instauración de libertades básicas (prensa, reunión, asociación).
  • Supresión del impuesto de consumos.
  • División de los demócratas en republicanos y monárquicos.

Regencia y Constitución de 1869

El Gobierno Provisional convocó Cortes Constituyentes, en las que los progresistas obtuvieron la mayoría. El principal objetivo fue la elaboración de una nueva Constitución. La Constitución de 1869 fue una de las más avanzadas de su tiempo. Sus características principales fueron:

  • Amplio decálogo de derechos y libertades (expresión, reunión, asociación, culto).
  • Soberanía nacional.
  • Estricta separación de poderes.
  • Adopción de la monarquía democrática como forma de gobierno.

Mientras se buscaba un nuevo monarca, se estableció una Regencia, presidida por el general Francisco Serrano, uno de los líderes de ‘La Gloriosa’. El general Juan Prim asumió la Presidencia del Gobierno, impulsando importantes reformas institucionales y económicas. Prim se embarcó en la búsqueda de un rey por las casas reales europeas. Su candidato favorito fue Amadeo de Saboya, hijo del rey italiano Víctor Manuel II.

Reinado de Amadeo I (1871-1873)

Tras años de inestabilidad política, la figura de Amadeo de Saboya se presentaba como una oportunidad para alcanzar la ansiada estabilidad en España. Sin embargo, el breve reinado de Amadeo I estuvo marcado por la desgracia desde su inicio. Pocos días antes de su llegada a España, su principal valedor y hombre fuerte, el general Juan Prim, fue asesinado. Amadeo encargó la formación de gobierno a Serrano. La muerte de Prim provocó la división y el distanciamiento de los progresistas, con figuras como Práxedes Mateo Sagasta ganando relevancia.

Además, Amadeo I enfrentó una fuerte oposición por parte de carlistas, alfonsinos (partidarios de la restauración borbónica en Alfonso XII), sectores de la población que rechazaban a un rey extranjero, republicanos y la Iglesia. La insurrección en Cuba (Guerra de los Diez Años) y la inestabilidad política interna, con continuos cambios de gobierno, llevaron al rey a abdicar tras apenas dos años de reinado.

2 La Primera República Española (1873-1874)

Tras la abdicación de Amadeo I en febrero de 1873, las Cortes, ante la evidencia de que la monarquía no lograba la estabilidad deseada, proclamaron la Primera República Española. Fue un régimen de apenas once meses, caracterizado por una enorme inestabilidad política, con cuatro presidentes sucesivos. La República se encontró con la oposición y hostilidad de amplios sectores: carlistas, la Iglesia, los militares, los monárquicos y gran parte de la burguesía.

Presidentes de la Primera República

  • Estanislao Figueras: Fue el primer presidente. Su gobierno destacó por la supresión del impuesto de consumos. Sin embargo, su mandato fue asociado por muchos a ocupaciones ilegales y desórdenes públicos. La falta de apoyo del ejército y de la sociedad en general lo llevó a dimitir.
  • Francisco Pi y Margall: El segundo gobierno fue presidido por Pi y Margall, quien no logró reconducir la situación. Tuvo que hacer frente al cantonalismo, un movimiento que reivindicaba una república federal ‘desde abajo’, con la proclamación de cantones independientes en diversas ciudades españolas, iniciándose el más importante en Cartagena. Finalmente, Pi y Margall también dimitió.
  • Nicolás Salmerón: El tercer presidente fue Salmerón, quien intentó atajar los problemas derivados de la Tercera Guerra Carlista y la insurrección cubana. También se propuso frenar el movimiento cantonalista, dejando su represión en manos del ejército. El ejército reprimió duramente a los líderes cantonalistas, condenándolos a muerte. Salmerón, incapaz de firmar estas penas capitales por motivos de conciencia, dimitió.
  • Emilio Castelar: Fue el cuarto y último presidente de la República, actuando con mano dura y una mentalidad más conservadora. Los militares, que conspiraban contra la República desde su inicio, protagonizaron a principios de 1874 un golpe de Estado liderado por el general Manuel Pavía, que disolvió las Cortes y dio paso a un gobierno provisional presidido nuevamente por Serrano. España se encontraba ante dos opciones: consolidar una República o preparar el retorno de la monarquía en la figura de Alfonso XII. La mayoría de los sectores influyentes ansiaban la segunda opción. Finalmente, el pronunciamiento del general Arsenio Martínez Campos en Sagunto en diciembre de 1874 proclamó a Alfonso XII como rey, preparando así el camino para la Restauración Borbónica.

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